miércoles, 28 de agosto de 2019

La vieja historia de Distopía

Sentado en el cadáver de un viejo roble, el viajero tomó un sorbo de aguardiente y relató a los asistentes:

Aprovecho el día de más para contar una historia que quizás no es conocida por muchos, que tal vez es poco entendida o que muchos no quieren recordar.

Este será un relato bastante reducido, que dejará muchos detalles por fuera y, por tanto, será impreciso y limitado, pero que puede servir como un mural que ayude a los más jóvenes a entender lo que sucede hoy. Aunque obedece a un país llamado Distopía, no es muy diferente a lo que se ha vivido aquí.

Hace más de medio siglo, ciudadanos del campo, inconformes, manifestaron su insatisfacción a un Estado centralizado que olvidaba su periferia. Básicamente, reclamaban por más participación en la tenencia de la tierra, reservada a poderosos terratenientes.

Un conflicto centenario entre dos grupos políticos (A y B) alimentó esas inconformidades y envolvió a los ciudadanos en su tradición bélica, cuyo único camino eran las armas y la violencia.

Basados en esta tradición, los líderes y poderosos de A convirtieron a los ciudadanos inconformes en su ejército privado contra el ejército legal de B, quien portaba en ese momento el poder constitucional.

Cuando A dejó de necesitar este ejército y se le salió de las manos, ya no lo entendió como una autodefensa (sí, el origen de todo fue la autodefensa ante un Estado que nunca ha garantizado seguridad, de ningún tipo) y lo dejó a su suerte, enfrentado al gobierno central, que por su ego, superioridad moral y aristocracia no estableció los mecanismos adecuados de diálogo y no supo apaciguar el monstruo que crecía alimentándose del sentir popular.

En lugar de sentarse a escuchar las diferencias, desde su altar de superioridad, les envió una bombardeo aéreo, que alimentó la sed de venganza. Entonces, animados por las dinámicas revolucionarias de la época y por el triunfo de la revolución de unos barbados contra unos ricos en una isla, quisieron emular la hazaña y, desde entonces, su objetivo es derrocar al poder central a sangre y fuego, como lo aprendieron de la tradición de sus padres (A y B). En esa búsqueda, morirían justos y no tan justos.

Pocos años después, un conjunto de personajes, ajenos a esta historia, descubrieron que de la tierra crecían plantas que los podrían hacer ricos si se arriesgaban un poco. El mundo les estaba pidiendo un producto que era rentable por el simple hecho de ser ilegal. De este nogocio harían parte todas las esferas del país. Nadie se salvó. Y la sangre corrío como en desagüe de matadero municipal.

Los que se rebelaron contra el poder central, convencidos de que era lo justo, encontraron en este nuevo negocio la financiación de su empresa emancipadora, pero no advirtieron que este traía algo más que ganancias: la tierra madre lo maldijo con la avaricia, esa sed del tener que el ser no es capaz de satisfacer.

Entonces ya la cuestión del poder popular sobre el poder centralizado y aristocrático  no era suficiente, pues cada vez más el poder en el mundo no era el peso de las ideologías ni la capacidad de gobernar para todos y empoderar ciudadanos, el poder era el dinero.

Continuaron su camino con un doble propósito, cada vez más el tener fagocitó el ser, y el peso de sus reclamos por un mandato para todos cedió ante el poder del dinero. Entonces, ¿para qué poder si ya lo tenían?

Mientras tanto, y desde hace rato, A y B habían encontrado una manera de no seguir enfrentados por el poder, y era turnárselo de vez en cuando, para que su clase aristocrática pudiera gobernar sobre aquella que los sostenía y perpetuar así su legión de delfines, herederos perpetuos de las riquezas y el dominio hegemónico del país.

La clase terrateniente, emparentada con la aristocrática, se dio cuenta de que el monstruo habia crecido y que su avaricia afectaría la propia. Decidió defenderse, ante la incapacidad y el desinterés del gobierno central, y creó un nuevo ejército, convencidos de que era lo justo, pues nadie tenía el derecho de quitarles lo suyo.

Con ese propósito de defenderse y alimentados por el tradicional odio que dejaron los padres de A y B, pasaron los límites de la que podría ser una legítima defensa y se toparon de frente con el poder de Dios: decidir sobre la vida. Pero no contentos con ello, sucumbieron ante el negocio ilegal de las plantas, y en adelante la búsqueda no fue solo defenderse, sino quedar con todo el negocio o parte de él, arrebatándoselo a su enemigo.

Del principio de esta historia a este punto, las motivaciones cambiaron, los propósitos mutaron con la debilidad humana por el sonido de la moneda, pero las culpas y los muertos fueron compartidos. Es una historia bastante compleja de entender, pero que tiene como raíz la desigualdad, la falta de comunicación, el deseo por el tener frente al olvido del ser y la obtención de un beneficio propio sobre el común; también una tradición de odio que ninguna generación ha podido superar.

Años después, nacería al que todos, por la desesperación de una perenne lucha por acabar con tanta sangre, creerían el mesías. Él, ante la opresión del odio causado por la muerte de su padre, no ajeno a los anteriores hechos, asumió el papel de salvador, pero tras años de mandato no logró hacer de Distopía un país mejor.

Hoy Distopía tiene el gran reto de comprender y ustedes de aprender de su historia.

Sin más, el jinete retomó su rumbo y prometió no regresar.